lunes, febrero 01, 2010
Fantástica fiesta...
sábado, enero 02, 2010
Celebrando año nuevo
lunes, diciembre 14, 2009
Un libro de Alicia...
El pasado día 29 de octubre, la poeta Alicia Salinas (Rosario, 1976) me hizo partícipe de la presentación de su nuevo libro: "Gallina ciega" (Rosario, Editorial Ciudad Gótica). Alicia y yo somos amigas desde hace mucho tiempo, calculo que desde hace al menos diez años, y las dos somos amigas de Paula Alzugaray. Así que aquel día -aquella noche, para más precisiones- estábamos las tres compartiendo el lanzamiento del libro muy emocionadas. Ali me había pedido que dijera algo, lo que yo quisiera sobre su poesía. La emoción y la cercanía no son buenas compañeras en ocasiones así, y doy fe que a Paula también le pasó; incluso nos reunimos para compartir la lectura de este conmovedor conjunto. Por todo ello, el breve texto que escribí no se despega de sus poemas y algunos transcribo. Aquí va la intervención completa:
"Entre los libros de Alicia Salinas, pasó el tiempo, con él, el cuerpo de su escritura. La maduración, acompañada por el juego, volvió a tomar forma y hoy nos convoca. Estoy aquí para cumplir una promesa: la de acompañar a Alicia hoy. Le prometí que estaría presente cuando, ya mareada, entre la multitud y cegada por la venda, se acercara a cada uno de nosotros para tantear los rostros, las ropas, sentir los olores próximos. Le prometí que estaría cerca, que encontraría al menos una cara amiga. Jugamos a estar ciegos en la infancia… Adivinamos quién está enfrente… Ya adultos, nos cegamos ante un amante… jugando en la intimidad… A veces, aún sin vendas, pisamos a tientas… Tratamos de descubrir… la ciudad, nuestra casa, el territorio que habitamos.
Desde que Alicia Salinas me pidió que compartiera con Paula Alzugaray esta presentación he leído una y otra vez los poemas de Gallina Ciega. Me resulta difícil tomar distancia de ellos por varios motivos: el primero, es la amistad con su autora, el segundo es que me encanta este libro, el tercero es la identificación con las temáticas que recorre. Las preguntas sobre la vida. Las decisiones. Los mandatos que pesan…
Esta gallina, este animal doméstico, camina el territorio de las páginas impulsada por su “voluntad/ de abjurar
En estas primeras “Huellas urbanas”, el vector gallina atravesó el plano, cada pisadita es un poema. A medida que vemos los rastros comprendemos que la ciudad, cualquiera sea su nombre, es la misma y aquella que se distingue y se nombra en un momento, es la que sirve para cristalizar el símbolo, por eso elegí para leer el poema
Atardecer en Puerto Madero
“Tal vez sea por esto
que pensar en un hombre
se parece a salvarlo”
Roberto Juarroz
Murallas de luces, los hialinos edificios de la capital.
Donde no se refleja la pequeña sombra
de mi pena, aquí,
debajo.
Rabian los autos, sus bocinas envuelven
como red impalpable. Acuna lo que aturde:
a este sonido lo soñó la pampa nunca.
Animales de mi siglo, regurgitación de humos
y venenos. Rodean y esquivan la figura
leve que en el piso se enquista.
Quién esperaba el tiempo donde apenas
conjetura una estrella y lo peor: contagia
la atmósfera su indiferencia a cada cosa.
Si el mundo se extinguiera y mi corazón
se deshojara como una rosa fría
seguirían todos su camino en el aire
sin demorar el ojo su pestañeo impasible.
En la segunda parte “Huellas domésticas”, la gallina está puertas adentro, en la casa que transita hay un jardín, muchas ventanas, el ambiente de la cocina y un lugar donde tomar el té… La casa… Espacio de recogimiento y de reflexión, tanto como de imaginación y posible violencia paciente. También hay espera, recuerdo, cálculo. Mientras permanece allí, piensa en los relojes y en las hojas de los árboles y en las flores, ese retazo de mundo, ese retazo de naturaleza controlada.
Elegí para compartir el poema
Opresión en sepia
Cuando la casa reposa de sus ruidos y hechuras
los relojes traman estrategias.
Durante el día cualquier cosa
los oculta y aquieta.
Viento en los cristales, puertas
que los espíritus abren, pájaros y niñas
al lado en disputa
por el color más bello del mundo.
Si la naturaleza calla y los monstruos urbanos
por derrota o cansancio se repliegan,
bajo los techos acometen
con sus espadas los relojes.
Es preciso por azar despertarse
a la hora que la serenidad invade y las terrazas
se manifiestan apenas por el paseo de un gato,
para descubrir el unísono. Irrefrenable
coro, letanía perfecta.
Un minuto tras otro cae en ningún sitio, lejos,
mientras en el lecho tranquilos olvidamos
la traición que se acentúa cada noche.
Los relojes se alimentan del silencio y el descuido
de los humanos
para correr su eterna carrera contra el universo.
Nosotros, convidados de piedra.
Víctimas de antiguos y nuevos mecanismos,
de lo que en la pared pende o en la mesa de luz
poco a poco
nos horada y despoja.
Ya las niñas no dicen turquesa o azulado.
Son mujeres retratadas en sepia, el color que los relojes
inventaron.
En la tercera parte “Huellas silvestres”, la naturaleza se vivencia como turista, como testigo. Un paisaje habitado por los otros: los minerales, los animales, los ancestros, los que crecieron entre la hierba y el agua, acunados por el viento. Allí, el poema se vuelve rugido y bocanada. De este conjunto elijo
Plegaria al Paraná
“Ah, luminoso río,
grandes amores no se ahogan en remansos.”
César Bisso
Lejos de esta tierra negra llevame, en lodo
arrastrada. Con el lomo
al sol entre lecho de limo, raíces de sauces,
helechos. Cañas rotas y redes
que carcomió la pérdida.
Frágiles instrumentos de varones rudos,
desde botes minúsculos enfrentan remolinos
y a veces se sumergen. Huye así
la única llave del sustento. De estos hombres
tristes llevame, Paraná.
De sus pescas generosas con réditos mezquinos,
de quienes los despojan alejame
como a los camalotes, sustraída
del puerto y sus emporios. A los balaustres
de la costanera, los yates sin mácula
que brillan obscenos con la luz del mediodía
los desea mi olvido, ya espera lo pasado.
Paraná,
hasta el océano de hipocampos y medusas.
Playa vacía, de fina arena,
donde el que hoy al lado mío mira
partirá.
Para el amor que tu curso une al mar,
la promesa más vana. Lo quiero
feliz de creerla posible.
Para terminar, me queda por decir que esta gallina será muy ciega pero no es inocente: Cada abordaje es fértil. En cada lectura se renueva. Cada palabra tiene una huella."
Imagen de tapa: Daniel García
domingo, noviembre 01, 2009
El cactus
Lacoonte acorralado por las serpientes,
Hugolino y los hijos hambrientos.
Evocaba también el seco nordeste, palmeras, suelo árido...
Era enorme, aun para esta tierra de grandezas excepcionales.
Un día, un huracán furibundo lo arrancó de cuajo.
El cactus cayó en mitad de la calle.
Rompió las empalizadas de las casas,
Impidió el tránsito de tranvías, automóviles, carros,
Arrancó los cables eléctricos y durante veinticuatro horas privó a la ciudad de iluminación y energía:
Era bello, áspero, intratable.
poema de Manuel Bandeira, del libro Libertinagem, traducción de Santiago Kovadloff
lunes, octubre 26, 2009
así... del coyote... a la luna...
es que caí.
Verticalmente.
Y con horizontales resultados. Soy, del ángulo recto
solamente los lados.
Ignoro el arte monumental del sesgo,
esa torsión ornamental del héroe
que hace que su caer se luzca como un salto.
Ese rizo del mártir que, ascendiendo
se sale de la víctima
y su propio tormento sobrevuela
no es mi especialidad. Yo, cuando caigo,
caigo.
No hay parábola
ni aire, ni fuerza de sustentación.
Un resbalón: espero. Al suelo llego
por la ruta más breve.
Un alud, una piedra,
una viga a la que han dinamitado.
No hay astucias del cuerpo en mi descenso.
Se sobrevive: el fondo
del abismo es más blando
para quien no vuela, sólo cae.
Si te dicen que caí,
no vengas
a enseñarme aerodinámica revisionista.
No me cuentes de los que cayeron venciendo.
No vengas a decirme
que no crees que haya sido un accidente.
En lo único que creo es en el accidente.
Lo único que sabe hacer el universo
es derrumbarse sin ningún motivo,
es desmoronarse porque sí.
La caída, Beatriz Vignoli, de su libro "Viernes" (ed. bajo la luna, octubre de 2001)
domingo, octubre 04, 2009
sigo...
La vida, y todo lo demás, me transforma en testigo de la pantalla.
Repartir el tiempo: lo hago lo mejor que puedo.
No me quejo.
No me lamento.
Paciencia...
viernes, junio 26, 2009
obituario
Estoy triste. Me apena la muerte de ese muchacho de cincuenta años y no sé si quiero conocer la respuesta a la pregunta sobre qué fue lo que le pasó, qué fue lo que hizo que se quebrara, qué fue lo que disparó su metamorfosis y su encierro. Me acuerdo que hubo un tiempo en que decir Michael Jackson era mala palabra; todos se ocupaban de juzgarlo y su nueva imagen extraña parecía desmerecer todo lo bueno que él había hecho y que era capaz dar musicalmente. Cuando miro el video que grabó con Olodum, no recuerdo que después de eso haya desplegado su vitalidad ni su talento. Me entristece que no haya podido cumplir con sus últimos proyectos. Pobre, pobre Michael...
viernes, mayo 01, 2009
junco y capulí
Gracias por invitarnos!
miércoles, marzo 25, 2009
Fiebre negra: Los afroargentinos en la tierra fértil de la ficción
¿Cómo surge tu interés sobre el tema de la población negra de Buenos Aires?
Surge a partir de la sospecha de que los argumentos de la historia oficial que explicaban la supuesta extinción de los negros de Buenos Aires eran falsos, o en el mejor de los casos, verdaderos sólo en su formulación. Porque decir que los negros murieron en las guerras, aunque es cierto, no alcanza para explicar su desaparición de la escena demográfica argentina. En cuanto a los falsos argumentos, son variados y algunos alcanzan niveles de ridículo sorprendentes para el desarrollo de la ciencia y la investigación histórica y antropológica que alcanza hoy la humanidad, por ejemplo que los negros murieron porque no soportaban el clima. Mentiras como éstas, tan bien enhebradas desde un proyecto de construcción de país obsesionado hasta el racismo por la europeización de Argentina, empiezan a deshilacharse con sólo echar una mirada apenas aguda en la actualidad. Y eso, para un escritor, es una motivación muy importante. Allí donde se escondió la verdad durante tanto tiempo, se esconden también los secretos que permitieron enmascarar la realidad. Y son esos secretos los que se ofrecen como tierra fértil para imaginar, desde la ficción, una Buenos Aires distinta, donde el frío número de los censos de la época, que arrojaban una población negra superior al 30 por ciento, se haga carne en personajes que vivieran en una ciudad así, antes que nada, llena de negros.
¿Por qué elegiste la voz de una mujer (Diana) para contar la actualidad y en primera persona?
El hecho de que el personaje de Diana, la antropóloga que investiga la historia escondida detrás de la casa que hereda, fuese mujer, fue una necesidad narrativa. Como heredera, la une un vínculo familiar con Valeria. Y a medida que Diana reconstruye el lugar que sus antepasados ocuparon en la construcción del destino que le tocó a los negros de Buenos Aires, se sentirá involucrada desde una profundidad de su ser que no había podido sondear hasta entonces. Quise que se unieran, ya que lo estaban desde lo blanco de la piel, también desde la femineidad, y desde la mirada que ese blanco y esa femineidad constituían. En cuanto a las dificultades técnicas que surgen en la construcción de una voz femenina desde un autor masculino, creo haberlo disfrutado como un buen desafío y haberlo sorteado con aceptable suerte.
¿Los personajes de la novela están basados en personas reales?
Bueno, creo que, cuando una novela explora hechos que tienen una vinculación significativa con la investigación histórica surge la tentación, la comercial tentación, de revelar detalles de la intimidad de algún prócer o de algún personaje famoso. No es el caso de Fiebre negra, aunque, naturalmente, los hombres y mujeres que tenían una presencia insoslayable en aquellos días puedan aparecer en un segundo plano. Pero sin dudas que vínculos similares al de Joaquín y de Valeria, vidas en común signadas por la atracción y al mismo tiempo por el rechazo, existieron en la Buenos Aires de entonces. Creo que la tarea del novelista es comenzar desde un hecho disparador, en este caso por lo polémico, diferente y oculto: la presencia masiva de afroargentinos en la Buenos Aires del siglo XIX. Y luego, narrar la historia privada y conflictiva de sus personajes. Así, sin proponérselo desde el dictado consciente, los datos de la realidad y la investigación se inmiscuyen en la prosa. Por ejemplo, días atrás me preguntaban si el primer capítulo, en el que Joaquín y Valeria nacen casi simultáneamente, era una forma de denunciar las pésimas condiciones sanitarias a las que eran sometidos los esclavos y libertos de entonces. De inmediato respondí que no. Que mi novela no era en sí una denuncia. Pero luego me di cuenta de que yo conocía este dato terrible: la mortandad infantil, que suele medirse en tanto por mil, era, para la población negra, del 50 por ciento. Es decir, que uno de cada dos hijos de esclavas morían antes de cumplir el primer año de vida. Seguramente ese dato tiñó de notas amargas la prosa de ese primer capítulo que es, en sí mismo, creo, para nada amargo, y más bien vital y vigoroso.
¿Cuáles fueron las fuentes con las que trabajaste para tu investigación? ¿Durante cuánto tiempo?
La investigación en sí me tomó unos 5 años. Menos porque el desarrollo de la novela lo exigiera (mal la pasarían los novelistas si fuera así) que por la pasión y la curiosidad que despertó la pregunta por el destino de los negros de Buenos Aires. Las fuentes fueron diversas. En principio, las que referían puntualmente a la cuestión de los afroargentinos. (George Reid) Andrews, (Néstor) Ortiz Oderigo, (Ricardo) Rodríguez Molas, por nombrar sólo algunos. Luego, ciertos textos de (Domingo F.) Sarmiento, (Juan B.) Alberdi, (Lucio V.) Mansilla, (Eduardo) Wilde, para entender, para empezar a entender, la fanática pasión blanqueadora de quienes tejían los destinos de la patria. Y finalmente, textos algo más secretos, de esos en los que se esconden las perlas y que develan una mirada subjetiva, menos tendenciosa, y por ende, para los fines de corroborar la presencia afro en el siglo XIX, más honesta; por ejemplo las descripciones de los viajeros que visitaron nuestro país y describieron a la población de entonces.
Más allá del interés que este tema despierta en vos ¿sentís, o creés que haya, algún tipo de influencia de la cultura afroargentina en tu literatura?
Absolutamente. Creo que la hay en toda producción cultural que surja en estas costas. Y en mi caso en particular es, además, consciente y anhelada. El ritmo, el tambor, la percusión me subyugan y dictan muchos de mis textos. En mi más temprana juventud, me perdía recreos enteros, solía quedarme en el aula buscando ritmos y timbres en los pupitres del aula vacía y, por eso, indulgente. Hasta que el timbre, chillón y monocorde, abortaba la sesión. Ojalá mis textos merezcan esa influencia, y mis palabras signifiquen saltando desde el ritmo.
Miguel Rosenzvit nació en Buenos Aires en 1969. Es autor, entre otros, de los libros de poemas Caminos de piel y barro y Vértigo taciturno; de los libros de cuentos El oficio de los ojos y Cuentos vísperos y de las novelas El inspirado muchacho Rosantes de Mataderos y En el nombre. Fiebre negra fue elegida novela finalista del Premio Planeta, por un jurado integrado por los escritores Marcos Aguinis, Marcela Serrano, Osvaldo Bayer y el editor Carlos Revés.
Entrevista realizada por email por Mercedes Gómez de la Cruz
viernes, agosto 15, 2008
ínfulas
por Mercedes Gómez de la Cruz
“la alegría no es sólo brasilera”
(de “Yo no quiero volverme tan loco”, Charly García)
¿Qué edad tenía yo la primera vez que escuché un tema de Charly García? Creo que ocho años y fue “Yendo de la cama al living”. Cada noche escuchaba la radio junto a mi padre, así pasaban Los Beatles, Pink Floyd, Queen, Kiss, etc. Hasta que en el ’82 pasó lo que pasó y entonces... Recuerdo que me impresionó el bostezo del principio. Pero la canción que rondó mi mente durante años es “Yo no quiero volverme tan loco”, del mismo disco, el mismo año, la misma edad. Entre la radio y una vecina que ponía García toda la tarde, el aire estaba lleno de esas canciones.
Cecilia tomaba sol a fines del ’82 o comienzos del ’83, en su terraza, junto a la mía. Giraba en su radiograbador el cassette de Charly, se sucedían los temas hasta que algo en la atmósfera aisló el verso de uno que, entre otras cosas, decía: “la alegría no es sólo brasilera”. Y el desconcierto que produjo esa frase en mí, abrió las preguntas: ¿por qué dice que la alegría no es sólo brasilera? ¿Por qué alguien podría suponer que la alegría es sólo brasilera? Y me dí cuenta que García podía tener razón, que los argentinos no somos tan alegres como los brasileros, y entonces me volví a preguntar: ¿por qué? ¿por qué no? Y comencé a buscar las respuestas a esas preguntas. Y empecé a indagar sobre el modo de sostener esa afirmación -“la alegría no es sólo brasilera”-, a buscar el modo de sumarme a esas palabras y a la invocación de la alegría (aunque fuese desde la nostalgia o desde la melancolía, o desde la saudade).
Nunca fui a Brasil. Y Argentina no es Brasil. ¿Entonces? ¿Cómo sería una alegría argentina que estuviera más allá de la algarabía futbolera sin olvidarse que tenemos el tango llorón y sin caer en la vana adopción del “pepepepé” del “bloque carioca”?
Hace poco leí por ahí que uno escribe sobre aquello que quiere aprender. Empecé a escribir los poemas de “Soy fiestera” como un desafío, después de publicar mi primer libro, para darle lugar a aquello que estaba en mi cuerpo pero no en el cuerpo de mi escritura de hasta ese momento, sino en germen.
Siempre quise ser bailarina. Siempre quise ser cantante. Y bueno, no soy bailarina, no soy cantante. Soy poeta. Escribo poesía y también ensayos y también cuentos que no muestro a nadie (casi). Canto en la ducha, en peñas y en fogones. Bailo en fiestas, en boliches y en milongas. Así fue que a fines de 2003 salí a bailar más que nunca, numerosa y desaforadamente, con una antena puesta, como haciendo un trabajo de campo. Agudicé el oído y accioné los músculos ante las canciones que bailé cada noche, en el recuerdo y en el presente. Buenas canciones. Malas canciones. Rock nacional. Música electrónica. Pistas de VJ en noches de trance. Cumbias. Todo lo que bailé. Todo lo que viví lo hice poemas. Sin embargo, ¿qué importa la biografía? A la hora de escribir, una anécdota biográfica no es más que un punto de partida. Es poco lo que puede sostenerse un libro de poemas escrito desde un punto de vista meramente autobiográfico; considero que su lectura podría interesarle sólo a mi familia y a aquellos que han bailado conmigo... Tenía que esforzarme más, mucho más. Estudiar más. Leer más. Leer en clave también. Y escuchar... Y busqué. Y me reencontré con aquellas cosas que me habían acompañado desde siempre: el rock, las cumbias de los sábados en barrio Rucci, la percusión de las milongas, los boleros, mi fascinación por lo indígena y por lo negro. Encontré las canciones del Chango Rodríguez. Me dejé llevar por las murgas uruguayas, las de Cuyo y también las de Saladillo, tanto como por Los Palmeras y el cantobar de cumbias de la esquina de San Martín y Tucumán. Cultura popular llaman a esto las cátedras, las academias que siempre andan buscando rastros, huellas de una tradición que no sea pura evanescencia, que no se volatilice, que se sostenga en los papeles... Tenía que rastrear en las bibliotecas, claro, y aparecieron estudios críticos, ensayos antropológicos, históricos y sociológicos sobre los carnavales y los negros en Argentina, sobre la literatura de origen negro en Iberoamérica. Y Nicolás Guillén, Carlos Germán Belli, Diana Bellessi, María del Carmen Colombo, recopilaciones de poesía oral africana y tradiciones de las Antillas. Quise aprender la alegría. Charly García dice que la alegría no es sólo brasilera, que también existe fuera de Brasil y su cultura. Pero si Brasil es EL lugar de la celebración y la danza!!! ¿Dónde está hoy en nuestro país la celebración y la danza? La tensión poética de aquel verso guió mi voluntad de conocer la alegría argentina y la encontré en la lenta lectura, en el ejercico de la danza caótica, sin género, sin escuela, sin método, para darle cuerpo de libro para invitarlos a leer y también... a bailar...
(Publicado en Revista Plebella, Nº 10, Bs.As., abril de 2007)
viernes, junio 06, 2008
Carta abierta
lunes, junio 02, 2008
viernes, mayo 02, 2008
Y ahora?

SHOW
muy vivo en el macro
Sábado 10 de mayo a las 23:30,
en el Piso 7 del MACRO
presentación de
Una vez finalizado el show la noche continuará con una
fiesta en donde Gaby Bex oficiará de DJ.
“Mandona” es un disco que combina el pop electrónico, el humor sexy y la poesía de Gaby Bex. El álbum fue mezclado y producido por Gabriel Lucena, e incluye emotivas baladas y ¨raps poéticos¨, además de los bailables hits que ya vienen sonando en las pistas: “Palpito papito” y “Puta adolescente”.
Bex nos tiene acostumbrados a shows despampanantes, combinados con una cálida intimidad. El carisma de Gaby Bex ha cautivado al público en México, Berlín, Montreal, Santiago de Chile y Montevideo, además de Buenos Aires, Mendoza y Córdoba, entre otras ciudades de nuestro país.
Gabriela Bejerman (Gaby Bex, escritora) ha publicado libros de poesía (“Alga”, Ed. Siesta, 1999), cuentos y novelas (“Presente perfecto”, Ed. Interzona, 2004) y es considerada una de las voces más destacadas de su generación. De la performance de poesía con música electrónica pasó a hacer sus propias canciones. A fines de los 90s editó junto a Gary Pimiento la revista ¨Nunca nunca quisiera irme a casa¨, con la que comenzó el boom de la poesía joven en Buenos Aires.
Invitación vía Irinita