La historia de la esclavitud en Argentina es una página que está escribiéndose. Poco se sabe acerca de cómo llegaban los esclavos negros a nuestro país, desde qué lugares, cómo vivían, cuáles eran sus tareas dentro de la economía regional y nacional. Se sabe, sí, que la Asamblea del año XIII declaró la Ley de Libertad de Vientres, por la cual todos los hijos de esclavas nacidos a partir del 31 de enero de 1813, nacían como hombres y mujeres libres. Sin embargo, teniendo en cuenta que la esclavitud fue abolida en 1853, se abren numerosos interrogantes. Los registros de los censos de la primera mitad del siglo XIX, señalan que la comunidad de origen africano era el treinta por ciento de la población de la ciudad de Buenos Aires. Entonces, ¿cómo es que ya no se ven negros argentinos en Buenos Aires? ¿Y en el resto del país? Preguntas que se hilvanan y que, en parte, fueron el motor de Miguel Rosenzvit a la hora de escribir su novela “Fiebre negra”, un relato de ficción histórica totalmente verosímil. Narrada con saltos temporales entre 1820 y 2008, la novela cuenta la historia de amor de Valeria Beltrán, hija de amos blancos, y de Joaquín, hijo liberto de una esclava de esa familia. Dicho relato se entrelaza con la búsqueda de Diana, una joven antropóloga, que en la actualidad investiga el pasado escondido en una mansión de su familia deshabitada desde 1871, año de la fiebre amarilla que asoló Buenos Aires. Sobre todo esto, cuenta Miguel Rosenzvit en este diálogo.
¿Cómo surge tu interés sobre el tema de la población negra de Buenos Aires?
Surge a partir de la sospecha de que los argumentos de la historia oficial que explicaban la supuesta extinción de los negros de Buenos Aires eran falsos, o en el mejor de los casos, verdaderos sólo en su formulación. Porque decir que los negros murieron en las guerras, aunque es cierto, no alcanza para explicar su desaparición de la escena demográfica argentina. En cuanto a los falsos argumentos, son variados y algunos alcanzan niveles de ridículo sorprendentes para el desarrollo de la ciencia y la investigación histórica y antropológica que alcanza hoy la humanidad, por ejemplo que los negros murieron porque no soportaban el clima. Mentiras como éstas, tan bien enhebradas desde un proyecto de construcción de país obsesionado hasta el racismo por la europeización de Argentina, empiezan a deshilacharse con sólo echar una mirada apenas aguda en la actualidad. Y eso, para un escritor, es una motivación muy importante. Allí donde se escondió la verdad durante tanto tiempo, se esconden también los secretos que permitieron enmascarar la realidad. Y son esos secretos los que se ofrecen como tierra fértil para imaginar, desde la ficción, una Buenos Aires distinta, donde el frío número de los censos de la época, que arrojaban una población negra superior al 30 por ciento, se haga carne en personajes que vivieran en una ciudad así, antes que nada, llena de negros.
¿Por qué elegiste la voz de una mujer (Diana) para contar la actualidad y en primera persona?
El hecho de que el personaje de Diana, la antropóloga que investiga la historia escondida detrás de la casa que hereda, fuese mujer, fue una necesidad narrativa. Como heredera, la une un vínculo familiar con Valeria. Y a medida que Diana reconstruye el lugar que sus antepasados ocuparon en la construcción del destino que le tocó a los negros de Buenos Aires, se sentirá involucrada desde una profundidad de su ser que no había podido sondear hasta entonces. Quise que se unieran, ya que lo estaban desde lo blanco de la piel, también desde la femineidad, y desde la mirada que ese blanco y esa femineidad constituían. En cuanto a las dificultades técnicas que surgen en la construcción de una voz femenina desde un autor masculino, creo haberlo disfrutado como un buen desafío y haberlo sorteado con aceptable suerte.
¿Los personajes de la novela están basados en personas reales?
Bueno, creo que, cuando una novela explora hechos que tienen una vinculación significativa con la investigación histórica surge la tentación, la comercial tentación, de revelar detalles de la intimidad de algún prócer o de algún personaje famoso. No es el caso de Fiebre negra, aunque, naturalmente, los hombres y mujeres que tenían una presencia insoslayable en aquellos días puedan aparecer en un segundo plano. Pero sin dudas que vínculos similares al de Joaquín y de Valeria, vidas en común signadas por la atracción y al mismo tiempo por el rechazo, existieron en la Buenos Aires de entonces. Creo que la tarea del novelista es comenzar desde un hecho disparador, en este caso por lo polémico, diferente y oculto: la presencia masiva de afroargentinos en la Buenos Aires del siglo XIX. Y luego, narrar la historia privada y conflictiva de sus personajes. Así, sin proponérselo desde el dictado consciente, los datos de la realidad y la investigación se inmiscuyen en la prosa. Por ejemplo, días atrás me preguntaban si el primer capítulo, en el que Joaquín y Valeria nacen casi simultáneamente, era una forma de denunciar las pésimas condiciones sanitarias a las que eran sometidos los esclavos y libertos de entonces. De inmediato respondí que no. Que mi novela no era en sí una denuncia. Pero luego me di cuenta de que yo conocía este dato terrible: la mortandad infantil, que suele medirse en tanto por mil, era, para la población negra, del 50 por ciento. Es decir, que uno de cada dos hijos de esclavas morían antes de cumplir el primer año de vida. Seguramente ese dato tiñó de notas amargas la prosa de ese primer capítulo que es, en sí mismo, creo, para nada amargo, y más bien vital y vigoroso.
¿Cuáles fueron las fuentes con las que trabajaste para tu investigación? ¿Durante cuánto tiempo?
La investigación en sí me tomó unos 5 años. Menos porque el desarrollo de la novela lo exigiera (mal la pasarían los novelistas si fuera así) que por la pasión y la curiosidad que despertó la pregunta por el destino de los negros de Buenos Aires. Las fuentes fueron diversas. En principio, las que referían puntualmente a la cuestión de los afroargentinos. (George Reid) Andrews, (Néstor) Ortiz Oderigo, (Ricardo) Rodríguez Molas, por nombrar sólo algunos. Luego, ciertos textos de (Domingo F.) Sarmiento, (Juan B.) Alberdi, (Lucio V.) Mansilla, (Eduardo) Wilde, para entender, para empezar a entender, la fanática pasión blanqueadora de quienes tejían los destinos de la patria. Y finalmente, textos algo más secretos, de esos en los que se esconden las perlas y que develan una mirada subjetiva, menos tendenciosa, y por ende, para los fines de corroborar la presencia afro en el siglo XIX, más honesta; por ejemplo las descripciones de los viajeros que visitaron nuestro país y describieron a la población de entonces.
Más allá del interés que este tema despierta en vos ¿sentís, o creés que haya, algún tipo de influencia de la cultura afroargentina en tu literatura?
Absolutamente. Creo que la hay en toda producción cultural que surja en estas costas. Y en mi caso en particular es, además, consciente y anhelada. El ritmo, el tambor, la percusión me subyugan y dictan muchos de mis textos. En mi más temprana juventud, me perdía recreos enteros, solía quedarme en el aula buscando ritmos y timbres en los pupitres del aula vacía y, por eso, indulgente. Hasta que el timbre, chillón y monocorde, abortaba la sesión. Ojalá mis textos merezcan esa influencia, y mis palabras signifiquen saltando desde el ritmo.
Miguel Rosenzvit nació en Buenos Aires en 1969. Es autor, entre otros, de los libros de poemas Caminos de piel y barro y Vértigo taciturno; de los libros de cuentos El oficio de los ojos y Cuentos vísperos y de las novelas El inspirado muchacho Rosantes de Mataderos y En el nombre. Fiebre negra fue elegida novela finalista del Premio Planeta, por un jurado integrado por los escritores Marcos Aguinis, Marcela Serrano, Osvaldo Bayer y el editor Carlos Revés.
Entrevista realizada por email por Mercedes Gómez de la Cruz
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miércoles, marzo 25, 2009
martes, enero 22, 2008
Un año más...

Entre notas y polémicas, poco antes de que terminara el 2007, apareció "Era el cielo", una nueva novela de Sergio Bizzio, autor por el que desde hace años profeso una gran admiración. Después de leer dicha última novela me decidí y le hice esta entrevista, publicada el domingo 13 de enero de 2008, en el diario La Capital, de Rosario.
Aquí, la nota completa:
"El realismo es lo que escapa"
Lejos del delirio de sus novelas “Planet” (1998) y “En esa época” (Premio Emecé, 2001), más cerca de una escritura realista, acaba de aparecer “Era el cielo” (Interzona), última novela de Sergio Bizzio (Ramallo, 1956). Autor de guiones de programas de televisión como “Malandras”, “Tumberos” y “Disputas”. Para cine escribió y dirigió las películas “Animalada” (2001) y “No fumar es un vicio como cualquier otro” (2007). También escribe poesía, sus libros “El abanico matamoscas” y “Paraguay” circularon en papel durante la década del ’90 y actualmente pueden encontrarse en internet. Escribió además la obra de teatro “Gravedad”, y junto a Daniel Guebel, publicó la novela “El día feliz de Charlie Feiling” (Beatriz Viterbo, 2006) y las obras de teatro “El amor” y “La china”. Al recorrer la obra narrativa de Sergio Bizzio sorprende la diversidad de las historias que cuenta y sus resoluciones, despreocupadas de todo verosímil. Un panorama que se presenta ecléctico integrado por siete novelas, un ensayo (“El genio argentino”) y el libro de cuentos “Chicos” (2004), de cuyo relato “Cinismo” es adaptación la película “XXY”, de Lucía Puenzo. En tanto su novela “Rabia” (Interzona, 2005, Premio Internacional de la Diversidad, España) cuenta la historia de un asesino que vive clandestinamente en la casa que habita su amada, “Era el cielo” narra los pormenores de una separación y el consecuente alejamiento de un hombre respecto de la vida cotidiana de su pequeño hijo. Escritor permanente, infatigable casi, Sergio Bizzio aceptó esta entrevista por email con motivo de la reciente publicación de esta última novela.
¿Qué te llevó a escribir “Era el cielo” en primera persona y con un protagonista que no tiene nombre?
-Escribí el primer capítulo, o buena parte del primer capítulo, en tercera persona, pero sentí que algo (el saber panorámico, multidimensional, de la tercera persona) me mantenía a una distancia no del todo cómoda, ni justa, con lo que empezaba a contar, que era la intimidad de una separación, y desde la base en la que pensaba apoyarme, que es la experiencia personal. Así que lo reescribí en primera persona y todo se ajustó y deslizó hacia adelante.
-Desde “Un amor para toda la vida” (el último cuento de tu libro “Chicos”) hasta “Era el cielo” parecés haber asumido el realismo como estética, ¿por qué ese cambio?
-Yo escribo frases, no escribo géneros. Mis preocupaciones y mis intereses van a paso de hormiga, son microscópicas, milimétricas, independientes del resultado, por lo menos hasta que llego a un final. Ahí es cuando podría reconocer que “asumí” una determinada estética, sin que eso importe demasiado. Carezco de planes, y no es una jactancia: me gusta que sea así. Pero tengo algunas “aspiraciones”. Ser claro es una. No simple, o sencillo, porque esa es una capacidad que haría más aburrida mi vida si se me diera. Hablo de la claridad en el sentido de transparencia, de lo que es una cosa y a la vez otra. Ese engaño, por decirlo de alguna manera, es lo que funciona como “realismo” en mis novelas. Pero el realismo es lo que se escapa, lo que en verdad gotea, lo que se pierde, exactamente “como agua entre los dedos” (abiertos). Mejor así, como decía Lamborghini. El realismo exagera sus anhelos.
En esta nueva novela aparecen elementos que no están en el resto de tu obra narrativa, como son las referencias a otras obras literarias y citas dentro del texto, incluso pareciera haber juegos, guiños de lectura (como la aparición de la imagen del vaso de agua con una cucharita adentro, muy Saer... incluso las anotaciones sobre el decir en la novela) ¿Cuál es la búsqueda ahí?
-No lo sé. Yo no busco. Lo único que hago a propósito es leer. Todo lo demás, aunque suene hippie, sucede. Excepto cuando corrijo, por supuesto. No hay nada más deliberado que la corrección.
Teniendo en cuenta que trabajás como guionista y que, según has afirmado en varias ocasiones, "vivís" escribiendo ¿qué lugar ocupa la literatura? Es decir ¿cómo es esto de que tu obra está escindida de tu trabajo de escritura como guionista?
-En marzo empiezo a escribir una serie de televisión para Fox, pero lo cierto es que en los últimos años mi trabajo como guionista se limitó casi exclusivamente al cine, donde me siento mucho más cómodo (e interesado) que en la televisión. Voy a escribir esa serie por una razón hecha de partes: en parte porque van a producirla los hermanos Borenzstein, lo que garantiza un máximo de seriedad, en parte porque va a emitirla Fox, lo que garantiza un máximo de calidad, y en parte porque necesito trabajar para vivir, aunque nada garantice que me paguen. Lo descuento. Pero el “lugar” de la literatura es único y está completo.
En la novela se habla de que escribir no es vivir ¿cómo funciona en vos esto de "vivir escribiendo"?
-Como un defecto, pero feliz. Un defecto “social”. Me molesta que me interrumpan, que me propongan cosas, que me inviten a salir o que venga gente a casa. “La vida sería llevadera si no fuera por las diversiones”, decía Wilde. Yo empecé a escribir a los 12 años y recuerdo con absoluta claridad el fastidio que sentía cada vez que mi madre me llamaba a comer, o cuando mis amigos me pasaban a buscar para escuchar discos o para jugar al fútbol, o lo que fuera (todas cosas que me gusta hacer, además). Pero la literatura ocupa mucho tiempo, muchas horas cada día, durante años, a solas, en tanto que “la vida” es lo que sucede afuera, en compañía de otros. Es la aventura concreta. Algo que no desprecio para nada, al contrario. Puedo pasarme varios meses completamente encerrado, como una ostra con dedos, escribiendo, pero termino y levanto la cabeza y lo primero que hago es preguntar si hay alguna fiesta por ahí. Y si hay, voy. (También acepto asados).
¿Cuáles son las lecturas que disfrutás?
-Hoy empecé a releer “La boca del caballo”, de Joyce Cary, que cuenta la historia de Gulley Jimson, un pintor genial, desordenado y maldito, para quien el arte no es otra cosa que formas de intuición y deleite, y que está escrita con “pinceladas” de humor, de rabia, de tristeza, radiográficas, intimistas, descriptivas. Hacía mucho tiempo que no la leía. Me había encantado a los 18 años, y a los 20, pero ahora me desconcierta un poco: la novela es de 1940 y somos mucho menos románticos y tal vez un poco más irónicos que Gulley Jimson, pero sigue siendo muy entretenida. De tanto en tanto dice cosas como ésta: “Las mujeres tienen tres juegos de ojos. Uno en los dedos para las telas y la moda. Otro en la parte de atrás de la cabeza para el pelo. Y otro en todo el cuerpo para ver a las demás mujeres. Los ojos que tienen en la cara no los usan para ver, sino para mejorar su apariencia”.
Y, para terminar ¿dónde y con quién o quiénes hiciste tu formación?
Es una pregunta encantadora para mí, pero la respuesta te haría pensar que me burlo. Además el espacio de esta nota no alcanzaría para contártelo todo. Para eso debería escribir una novela. Y quizá lo haga. ¿Quién dijo que una novela no puede ser una respuesta? Podría divertirme mucho contando esas cosas, con lugares y nombres y diálogos reales. Y es más: ya mismo empiezo a considerarlo. Una vez estaba sentado a la mesa de un bar con Fogwill y entró un amigo mío, un tipo muy católico que tocaba el saxo en una banda de rock, apoyó las manos en la mesa, y una cruz de plata saltó de entre su camisa y quedó bailoteando sobre la mesa mientras él me decía algo “importante”. Hablaba, y hablaba, y hablaba, y todo lo que decía era serio, profundo, trascendente. Y en determinado momento Fogwill, que nunca antes lo había visto, lo miró y le dijo: “¿No te alcanza con la cruz de ser boludo?”. Sí, podría empezar así, con esa escena. Es muy probable que me ponga a escribirlo. ¿Por qué no?
domingo, junio 04, 2006
"El ego me parece necesario"
Entrevista a Juan Terranova
por Mercedes Gómez de la Cruz
Dos amigos que trabajan de noche conversan en el chat. Uno de ellos es ginecólogo, el otro, fotógrafo. Comparten un círculo social, pero, sobre todo, el noctambulismo y sus consecuencias. De eso se trata, básicamente, "El Pornógrafo", la nueva novela de Juan Terranova, publicada por Gárgola Ediciones (Bs. As, 2005). Este escritor, nacido en Buenos Aires en 1975, se define a sí mismo como un "fanático de la web, de los rinocerontes y de las historietas de Robin Wood (en especial sus dos grandes clásicos Nippur de Lagash y Dago)" Además de escribir literatura, se dedica al periodismo cultural en diversos medios gráficos y páginas web (www.elinterpretador.com y www.elremiseroabsoluto.blogspot.com) y postea todos los días en su weblog www.elcocinerosalvaje.blogspot.com , donde vierte sus, muchas veces, polémicas opiniones sobre literatura, arte, cine y política. Considerado una de las voces más interesantes de la literatura argentina, Juan Terranova integra la antología "La joven guardia" (Bs. As, Ed. Norma, 2005, compilada por Maximiliano Tomas) con su cuento "Diario de un joven escritor argentino".
Después de publicar su primer libro, "Notas de un viaje a Italia" (Bs. As., 1999), apareció "El coleccionista" (2001) y más tarde, su primera novela: "El caníbal" (Bs. As., Ed. Deldragón, 2002). En ella, Terranova juega con el pastiche intercalando en el relato recortes de diarios y de revistas de chismes. Mientras que en "El pornógrafo", su tercera novela, vuelve al diálogo como recurso para contar una historia. Recurso que ya había desarrollado en su segundo libro, "El bailarín de tango" (Bs. As, Ediciones Deldragón, 2003) Ambientado en la actualidad, la trama aparece en lo que se cuentan dos mujeres que hablan por teléfono y una de ellas tiene un romance con un tanguero. Si bien en "El pornógrafo" el relato se hace presente también en la conversación, en este caso es en el chat y lo más importante de la historia no está dado solamente por lo que se cuentan los dos protagonistas, Nemo y Mirko, sino en el vínculo que sostienen a través de la pantalla y del teclado.
En esta entrevista, realizada vía email, Juan Terranova cuenta algunos detalles de su escritura, que se escucha entre el murmullo de los discursos que circulan por esos ámbitos en los que transitan sus lecturas y su trabajo.
Después de publicar su primer libro, "Notas de un viaje a Italia" (Bs. As., 1999), apareció "El coleccionista" (2001) y más tarde, su primera novela: "El caníbal" (Bs. As., Ed. Deldragón, 2002). En ella, Terranova juega con el pastiche intercalando en el relato recortes de diarios y de revistas de chismes. Mientras que en "El pornógrafo", su tercera novela, vuelve al diálogo como recurso para contar una historia. Recurso que ya había desarrollado en su segundo libro, "El bailarín de tango" (Bs. As, Ediciones Deldragón, 2003) Ambientado en la actualidad, la trama aparece en lo que se cuentan dos mujeres que hablan por teléfono y una de ellas tiene un romance con un tanguero. Si bien en "El pornógrafo" el relato se hace presente también en la conversación, en este caso es en el chat y lo más importante de la historia no está dado solamente por lo que se cuentan los dos protagonistas, Nemo y Mirko, sino en el vínculo que sostienen a través de la pantalla y del teclado.
En esta entrevista, realizada vía email, Juan Terranova cuenta algunos detalles de su escritura, que se escucha entre el murmullo de los discursos que circulan por esos ámbitos en los que transitan sus lecturas y su trabajo.
-¿En qué momento del día escribís?
- Soy de los que escriben cuando pueden, pero sin duda hubo un tiempo en que me sentía más cómodo escribiendo de noche. Estudiaba y escribía de noche. Tener todo ese tiempo libre por delante era genial, lo sentía en el cuerpo. Cuando me integré al mercado del trabajo, la cosa cambió. Entre Internet, el periodismo y la literatura, hoy se puede decir que escribo prácticamente todo el tiempo. Y leo en los viajes en subte. A veces incluso me paso un par de estaciones para poder terminar un capítulo.
- Teniendo en cuenta que escribís tanto cuento, como poesía y novela ¿a qué responde, para vos, a la hora de escribir, la elección del género?
- La verdad es que no lo sé. Yo me considero novelista. Lo otro es coyuntural. Cuando salió El Ignorante (Bs. As., Ed. Crawl, 2004), el único poema que publiqué, la comunidad de poetas de Buenos Aires lo vio como por afuera de la poesía. Mejor dicho, lo veían como poesía escrita por un prosista. Supongo que esto tenía que ver con sus deficiencias formales. Por otra parte, escribo relatos –no creo que sean cuentos- para revistas de Internet o soportes en papel, y me gusta hacerlo. Pero la novela es el género que más disfruto leer y abordar. Tiene un calor narrativo muy especial.
- ¿Cómo surgen tus novelas? ¿Cómo surgió la idea de escribir "El Pornógrafo"?
- La idea de "El Pornógrafo" surgió una noche que estaba chateando con un amigo, coleccionista de arte y libros. Él me señaló que tenía que probar de narrar con esa forma. Y estuvo bien, porque el chat me permitió contar un máximo de historias con un mínimo de palabras y que todo tuviera ritmo. El ritmo es muy importante para mí. El tema de la pornografía me obsesiona desde hace mucho. Y quería que la novela trascurriera en la Buenos Aires actual, otra obsesión. Pero no encontraba el ángulo para entrar. Un día estaba nadando y se me ocurrió que podía ser una discusión entre un fotógrafo y un ginecólogo. Y salió. "El Bailarín de tango" surgió de la necesidad de retratar el ambiente del tango hoy. Y después, una noche mi mujer estaba en la cama y yo había terminado de leer "Cae la noche tropical" de Manuel Puig. Me preguntó si me había gustado. Le dije que sí, pero que necesitaba una actualización. Así que cambié a las viejas de Río de Janeiro por dos chicas de Buenos Aires. Y después, me dejé llevar por esas voces, que llegaron a hacerse muy íntimas para mí. De alguna forma me enamoré de las protagonistas del libro.
- Se hace notable, tanto en tu obra literaria como en los post de tu weblog, que leés muchos diarios, revistas y páginas web. Teniendo en cuenta ese panorama la pregunta sería ¿cuál sería el espacio de "lo literario"?
- No sé. Lo que convencionalmente entendemos por "Lo literario" no me interesa en sí mismo. Me interesa la literatura, pero no "lo literario". De hecho, mis tres novelas forman una especie de trilogía de lo "anti-literario". Porque al final, la literatura es una forma de leer y no tiene un lugar y es flexible y maleable. Pero al mismo tiempo, después de estas tres novelas, no estoy tan seguro. Eso me preocupa. Quiere decir que me voy haciendo viejo.
- ¿Qué lugar ocupa en tu obra lo autobiográfico?
- Es central. Como dijo una vez Jerry Lewis: el ego es necesario. Con el tiempo, me voy volviendo un especialista en mí mismo. Hegel aspiraba a ser contemporáneo de sí mismo. Es un proyecto excelente, todo un desafío. Aunque es violento, el "yo" no es malo. El narcisismo sí. Los problemas del narcisismo son serios. A veces para combatirlo me entrego al masoquismo intelectual. Para eso Internet es ideal: un par de afirmaciones contundentes y los guardianes de la moral argentina saltan como leche hervida a insultarme. Es como el ejercicio físico, se siente dolor y uno se exige a ir más allá, a superarse, y eso es bueno. Lo autobiográfico siempre es buen material en la medida que uno se deje transformar por sus intereses y sus deseos.
- ¿Qué autores son tus preferidos a la hora de leer? ¿y a la hora de escribir?
- Para las influencias, siempre menciono cuatro, un poco porque es verdad, un poco por costumbre. Menciono a Manuel Puig porque es evidente que tomé muchas cosas de él; menciono a Nelson Rodrigues, quizás el escritor brasileño más importante del siglo XX y porque su obra me resultó reveladora en muchos sentidos; cito a Juan José de Soiza Reilly porque siento a Roberto Arlt como un escritor ajeno y gastado, y aparte porque Soiza es muy superior. Y antes decía que me sentía influenciado por Jorge Asís, pero ahora ya no lo digo tanto porque se presta a equívocos, lo cual también evidencia que me estoy poniendo viejo. Igual, Asís tiene lo suyo, incluso contra sí mismo.
- En tu weblog www.elcocinerosalvaje.blogspot.com, posteás todos los días ¿lo tomás como un ejercicio de escritura, más allá de los temas de los post? ¿Cuál es tu opinión respecto de la proliferación de weblogs con respecto a la escritura?
- El blog es una buena gimnasia. Saco mucho de mi blog, casi tanto como pongo. (Y saco mucho de otros blogs, pero creo que conviene no decirlo.) Ahora bien, en un momento pensé: "Bueno, voy a dejar de escribir libros y voy a escribir en el blog". Pero no pude. Los blogs son positivos y aunque parezca que se comen todo, no es tan así. Si uno se pone a mirar tienen límites muy claros. Esa imposibilidad de cerrar, ese continuo movimiento puede ser interesante para muchas lecturas, pero frustrante para otras. Yo siento que es tan placentero encender la computadora y recorrer blogs como tirarme en la cama y leer una novela que sé a ciencia cierta tiene un principio y un final. Son diferentes versiones de una misma manía.
Publicada en Diario "La Capital", Rosario, domingo 4 de junio de 2006
http://www.lacapital.com.ar/2006/06/04/seniales/noticia_298413.shtml
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